Volví a este blog después de muchos años sin saber muy bien qué venía a buscar. Durante mucho tiempo no sentí la necesidad de escribir aquí, como si las palabras hubieran encontrado otros caminos o como si algunas cosas necesitaran vivirse antes de poder decirse. Pero en estos días apareció una sensación difícil de explicar, algo parecido a una conversación pendiente conmigo mismo, y supe que tenía que volver.
Entrar otra vez aquí fue extraño. No sentí nostalgia exactamente, sino más bien reconocimiento. Como cuando uno vuelve a un lugar donde vivió hace tiempo y descubre que todavía queda algo propio entre las paredes. El que escribía aquí era más joven, miraba el mundo con otras preguntas, pero no me resulta ajeno. Hay algo en esa forma de detenerse a pensar que sigue siendo mío, aunque ahora lo haga con menos urgencia y con más silencio alrededor.
Con los años fui acumulando versiones de mí sin darme demasiado cuenta. Algunas nacieron de la necesidad de ser fuerte cuando las cosas no eran claras; otras aparecieron porque sentía que tenía que sostener más de lo que realmente podía. Durante mucho tiempo viví con la idea de que amar significaba hacerse cargo, como si la tranquilidad de los demás dependiera en alguna medida de mí. A veces pienso que quise salvar a todos un poco, aunque eso implicara dejarme para después.
Hubo momentos en los que terminé ocupando lugares que no me correspondían del todo. Me acostumbré a resolver, a sostener, a ordenar lo que estaba alrededor, y sin darme cuenta empecé a sentir que ese era mi papel natural. Incluso dentro de mi propia familia hubo épocas en las que fui más el que cuidaba que el que era cuidado, y en ese equilibrio extraño aprendí a moverme con una responsabilidad que nadie me había pedido con palabras, pero que igual sentía mía.
También aprendí a adaptarme con facilidad. Durante mucho tiempo creí que esa capacidad era una virtud: saber leer el ambiente, entender lo que hacía falta, evitar tensiones innecesarias. Y en parte lo era. Me permitió atravesar muchas situaciones sin romper nada importante. Pero con los años fui viendo que esa adaptación tenía un costo silencioso. Poco a poco me acostumbré a quedarme en lugares donde algo en mí sabía que no quería estar, a decir que sí cuando la respuesta verdadera era otra, a elegir la tranquilidad de los demás antes que la mía.
No fue algo dramático ni repentino. Fue más bien un desplazamiento lento, casi imperceptible, como si me hubiera ido moviendo unos pasos hacia un costado sin notar del todo la distancia. Solo mucho después empecé a sentir que algo no terminaba de encajar, una incomodidad difícil de explicar que aparecía en momentos tranquilos, cuando ya no había distracciones suficientes.
Mirado desde hoy, no siento ganas de corregir nada. Más bien siento gratitud por el que fui. Hizo lo que pudo con lo que sabía en ese momento, y probablemente no habría podido hacerlo de otra manera. Todo lo que aprendí, incluso lo que me costó más tiempo entender, forma parte del camino que me trajo hasta aquí.
Con los años fui comprendiendo algunas cosas que antes solo intuía. Entendí que no vine a salvar a nadie, aunque durante mucho tiempo lo creyera. Entendí que cada persona tiene su propio camino y que el amor no consiste en cargar lo que no nos corresponde. Entendí también que pertenecer no siempre significa estar en casa, y que hay silencios que nacen más del miedo que de la serenidad.
Tal vez lo que más me tomó aprender fue algo sencillo: que mi diferencia no era un problema que había que suavizar. Durante mucho tiempo intenté volverme más fácil de entender, más fácil de aceptar, más fácil de acomodar en lo que otros esperaban. Hoy empiezo a ver que crecer tal vez no consistía en eso, sino en algo más honesto y más tranquilo: aprender a habitarme sin tanto ajuste.
Por eso vuelvo hoy a escribir aquí con una sensación serena de cierre. Hay hábitos, formas de vivir y maneras de pensar que ya no me representan como antes. No necesito rechazarlas ni negarlas. Basta con reconocer que cumplieron su función.
Si algo quiero dejar escrito hoy es simplemente esto: gracias. Gracias al que fui por haber seguido adelante incluso cuando no tenía claridad, por haber cuidado lo que pudo y por haber aprendido lo que necesitaba aprender. Sin ese camino no estaría aquí ahora, escribiendo otra vez con una calma que antes no tenía.
Tal vez esta no sea exactamente una despedida. Es más bien la forma que encontré de reconocer que algunas etapas terminan sin ruido, sin ruptura, casi sin que nadie lo note.
Gracias por traerme hasta aquí.
Ahora sigo caminando.
